En la tercera fase, la de la
madurez, se supone que en vida en común y un compromiso
de pareja estable y sin caducidad. Existen problemas que hay
que solventar, y estos, si no se solucionan a tiempo pueden
convertirse en grandes losas.
Se aprende a vivir con aquellos
defectos que más molestan, aunque desagraden. La pasión
hace tiempo que no es lo mismo, y la comunicación sexual
ha pasado a un cariño costumbrista y tolerante.
El conocimiento mutuo y la
anticipación de reacciones es casi completo, sin lugar
a demasiadas sorpresas. Existirán enfados sí,
pero más bien causados por elementos externos, por el
cansancio de la rutina que por novedades de personalidad o comportamiento.
La pareja, ya con años
de bagaje llega a la última fase, en el que los dos se
han convertido en compañeros de vida, y el cariño
prevalece sobre cualquier sentimiento. Es amor en efecto, pero
de forma diferente, la pasión se ha reducido al mínimo,
y la compañía se hace la reina de la relación.
Es la fase a la que a todas
las parejas les gustaría llegar, como las de nuestros
abuelos. Tras decenas de años de confianza no hay sorpresas,
pero sí resquemores por oportunidades idílicas
perdidas de otros amores. Los años han pasado y ese sentimiento
de ocasiones no aprovechadas se suele descargar en el otro.
La edad es lo que tiene, que hace volver atrás y replantearse
las cosas-
En todas las fases es primordial
la comunicación, segundo a segundo, dejar espacio de
libertad, más importante cuanto más se aleja la
relación de los primeros instantes, y sobre todo es necesaria
la voluntad de solventar cada problema sin venirse abajo y sin
tirar la toalla de la relación ante el mínimo
obstáculo.